¿Qué es la democracia liberal versus la iliberal?
Para cualquier ciudadano contemporáneo, comprender exactamente qué es la democracia liberal resulta un ejercicio intelectual de vital importancia, especialmente en una era donde los cimientos de nuestras instituciones parecen tambalearse.
Ilustración. Momento cumbre de la democracia liberal en su primera fase. Ejecución de Luis XVI 1793
Vivimos en un mundo donde el debate político se ha polarizado profundamente, y a menudo utilizamos términos complejos sin detenernos a desgranar su verdadero significado histórico y filosófico. Al preguntarnos por la naturaleza de nuestros sistemas de gobierno, nos adentramos en un pensamiento político que nos obliga a contrastar los valores de libertad individual con las tentaciones del autoritarismo contemporáneo. La confusión ciudadana suele reinar cuando se mezclan conceptos políticos que, aunque parezcan ir de la mano, históricamente han albergado tensiones trascendentales. Las noticias diarias nos hablan constantemente de un sistema democrático en crisis, de una ideología liberal cuestionada y del auge de un movimiento populista tras otro.
Qué es la democracia en sí
Antes de añadirle adjetivos complejos a nuestro sistema de gobierno, resulta indispensable cuestionarnos qué es la democracia en sí. En su definición más etimológica y pura, originada en la antigua Grecia, concretamente en la polis de Atenas, este concepto se traduce como el «gobierno del pueblo». En aquella época, asistimos al surgimiento de la democracia directa, un formato fascinante donde los ciudadanos libres se reunían en el ágora para debatir y votar de primera mano las leyes, los presupuestos y las declaraciones de guerra. Qué es exactamente la democracia directa se responde visualizando a esta ciudadanía ejerciendo el poder sin intermediarios; representa, desde un punto de vista filosófico e idealista, el valor más puro de la democracia al poseer el pueblo un poder directo, inalienable y tangible sobre su propio destino.
Sin embargo, a medida que las sociedades humanas fueron creciendo en tamaño y complejidad, este modelo prístino comenzó a mostrar grietas insalvables. En la actualidad, resulta evidente por qué no es eficiente aplicar un modelo de democracia directa a gran escala. La principal razón radica en que el pueblo no está completamente informado ni especializado en la inmensa multitud de temas políticos, jurídicos y económicos que atañen a toda la sociedad. Gestionar un Estado moderno implica enfrentarse a cuestiones de una complejidad abrumadora, desde la regulación de los mercados financieros internacionales hasta las políticas de transición energética o la geopolítica militar. Con el nivel de especialización técnica que exigen tanto la política como la economía, resulta utópico pensar que millones de personas pueden tomar decisiones diarias, ponderadas y racionales sobre cada ley.
A esta complejidad estructural hay que sumarle el impacto del surgimiento de los medios de comunicación en masa y, más recientemente, de las redes sociales. A través de estos canales, la ciudadanía recibe un volumen de información inabarcable, muchas veces sesgada o fragmentada. En este ecosistema hiperconectado, los ciudadanos, cada vez más numerosos y con vidas personales y laborales absorbentes, se ven incapaces de legislar directamente sobre temas que les son completamente ajenos. La falta de tiempo y de recursos cognitivos para procesar dicha información convierte a la asamblea directa en un mecanismo disfuncional, susceptible a las pasiones momentáneas y a la demagogia más elemental, alejándonos del ideal deliberativo y reflexivo que requiere la gestión pública.
Qué es la democracia liberal y representativa
Al comprender las limitaciones del modelo asambleario, damos paso a la evolución histórica que nos lleva a preguntarnos qué es la democracia liberal y representativa. En primer lugar, es imperativo aludir a que la democracia liberal es necesariamente una democracia con representación y sufragio universal. Dado que el pueblo no puede gobernar de manera directa, delega su soberanía en unos representantes que son democráticamente elegidos mediante elecciones periódicas, libres y competitivas. Estos diputados y senadores tienen el mandato de representar la realidad política de los representados, traduciendo las inquietudes ciudadanas en leyes y políticas públicas viables dentro de un marco institucional estable.
Si buscamos los orígenes de este andamiaje, el surgimiento se encuentra en los albores de la Revolución francesa y las revoluciones liberales del siglo XVIII y XIX. En aquel contexto efervescente, la burguesía ascendente quiso limitar de manera tajante el poder absoluto del rey y acabar con los privilegios del Antiguo Régimen, formándose así asambleas y cámaras legislativas donde se representaba la realidad del pueblo o, al menos, de aquella parte del pueblo que lograba tener voz. No obstante, es crucial entender una tensión fundamental: el liberalismo político quiere necesariamente limitar el poder del rey o del tirano, pero al mismo tiempo recela profundamente del poder y de la opinión de la mayoría. El liberalismo advierte que el poder absoluto de las masas también puede atentar contra la libertad individual, convirtiéndose en lo que pensadores como Tocqueville llamaron la «tiranía de la mayoría».
Toma de la Bastilla, 14 de Julio de 1789
Por esta razón intrínseca, los padres fundadores del pensamiento liberal fueron inicialmente contrarios a la democracia directa y, durante mucho tiempo, también al sufragio universal. Creían que entregar el destino de la nación a unas masas no educadas pondría en peligro los derechos de las minorías y la estabilidad económica. En este punto histórico, es sumamente importante señalar que liberalismo y democracia son, en su origen, fuerzas antagónicas. Mientras la democracia busca la igualdad política y el poder de la mayoría, el liberalismo busca la protección del individuo frente a cualquier poder coactivo. El liberalismo exige una estricta separación de poderes, un límite claro al poder estatal, y la garantía inquebrantable de la libertad de prensa y de expresión. Ante todo, quiere preservar la libertad individual, el derecho a la vida y el derecho a la propiedad.
Para lograr esto, la ideología liberal aboga por un Estado de derecho fuerte y el imperio de la ley, donde las normas apliquen por igual a todos los ciudadanos, independientemente de la voluntad temporal de las mayorías. Exige una esfera privada inviolable que predomine siempre sobre la intromisión de la esfera pública. Por eso, este paradigma choca tanto de frente con la democracia directa y con la simple aplicación aritmética del sufragio universal; puesto que el sufragio universal, aunque sea representativo, puede conllevar al surgimiento de una opinión de la mayoría que actúe guiada por las pasiones para desmantelar y atentar contra las libertades individuales.
La respuesta histórica a esta tensión es lo que hoy conocemos como el sistema que nos rige. La democracia-liberal, entonces, es un híbrido sumamente sofisticado; es una democracia representativa, de carácter profundamente liberal en su protección de derechos, pero que con el tiempo ha ido integrando un sufragio universal para garantizar la legitimidad del sistema. Es, en definitiva, el tipo de democracia que impera en occidente, un delicado equilibrio donde la mayoría decide quién gobierna, pero no puede decidir cómo destruir los derechos de la minoría.
Qué es entonces una democracia iliberal
Aclarado el difícil equilibrio del modelo occidental, resulta perturbador y necesario reflexionar sobre qué es entonces una democracia iliberal. Esta concepción, cada vez más visible en diversas latitudes, surge precisamente cuando el delicado pacto entre la voluntad popular y las restricciones liberales se fractura. La democracia iliberal, entonces, gira de manera casi exclusiva en torno a la figura de un político, en este caso el gobernante que ostenta el poder, quien utiliza el propio sistema para desmantelarlo. Bajo las premisas aparentes del liberalismo político (como la separación de poderes, el Estado de derecho, la libertad de prensa y expresión, y las diversas libertades civiles y políticas), es decir, bajo las reglas del juego democrático-liberales tradicionales, este líder iniciará una lenta pero inexorable autocratización.
El objetivo de este gobernante es, paradójicamente, intentar darle ese poder al pueblo más “puro” que, según su narrativa, el liberalismo a través de sus estrictas reglas de juego le ha quitado a lo que él entiende que es el pueblo genuino, es decir, la nación en su sentido más esencialista. Dirá pues, con vehemencia en sus discursos, que las élites políticas, económicas e intelectuales han traicionado la virtud más genuina y original del pueblo. Argumentará que los ciudadanos comunes están manipulados por intereses espurios, ya sean extranjeros, mediáticos o de poderes ocultos, y que él, erigido casi como una figura mesiánica, será el redentor y el liberador del pueblo. Curiosamente, dentro de una democracia liberal que protege el pluralismo, este tipo de líder se decantará por la democracia en su vertiente más mayoritaria y aplastante para sofocar precisamente ese pluralismo.
Pero es profundamente importante advertir que, desde un punto de vista politológico, en la práctica no puede existir una democracia iliberal sin el combustible de un fuerte populismo. La deriva iliberal y el populismo son dos caras de la misma moneda en el escenario contemporáneo. Pues el movimiento populista siempre gira en torno a una figura carismática, y es verdaderamente curioso e iluminador advertir que la palabra carisma significa en su raíz original un «don divino». Este líder carismático dirá sin cesar que el pueblo virtuoso y puro ha sido sistemáticamente marginado y traicionado frente a unos gobernantes y élites institucionales inherentemente corruptos.
Y de esta manera metódica, el gobernante populista querrá adueñarse de la voluntad del pueblo, presentándose como la única voz legítima capaz de interpretar los deseos de la nación. A medida que avanza su mandato, utilizará mayorías electorales aplastantes, obtenidas legítimamente en las urnas, para vaciar de contenido institucional los contrapesos judiciales, asfixiar económicamente a la prensa crítica y arrinconar a las minorías opositoras. Al final de este proceso, el sistema democrático sigue celebrando elecciones, pero el componente liberal, que garantizaba la equidad, los derechos humanos y la protección frente al abuso del Estado, ha desaparecido por completo.
Bibliografía Académica
- Dahl, R. A. (1989). La democracia y sus críticos. Paidós.
- Levitsky, S., & Ziblatt, D. (2018). Cómo mueren las democracias. Ariel.
- Mudde, C., & Rovira Kaltwasser, C. (2017). Populism: A Very Short Introduction. Oxford University Press.
- Sartori, G. (1987). Teoría de la democracia. Alianza Editorial.
- Zakaria, F. (1997). «The Rise of Illiberal Democracy». Foreign Affairs, 76(6), 22-43.
Comentarios recientes