Diferencia entre suníes y chiíes en la geopolítica actual
La diferencia entre suníes y chiíes en la geopolítica actual resulta ineludible para comprender el complejo laberinto de conflictos, alianzas y rivalidades que definen hoy a Oriente Medio.
Suníes y chiíes rezando juntos en Irak
Desde una mirada superficial, la prensa occidental a menudo ha presentado esta división sectaria como una simple guerra de religión anclada en el pasado. Sin embargo, al sumergirnos en el análisis de las relaciones internacionales contemporáneas, descubrimos que la teología es apenas el ropaje que viste a una encarnizada lucha por el poder, los recursos y la hegemonía regional. El islam, como fuerza cultural y política, alberga en su seno a más de mil novecientos millones de musulmanes, y las tensiones entre sus dos ramas principales modelan de forma decisiva la estabilidad del mundo entero.
Raíces históricas suníes vs chiíes: El cisma fundacional del islam y su evolución
Para comprender la magnitud de esta división, resulta imperativo viajar a los orígenes del islam, específicamente al año 632 d.C., momento que marca el fallecimiento del profeta Mahoma. La muerte del fundador de la fe islámica dejó un vacío de poder que fracturó a la joven comunidad o Ummah. De esta crisis sucesoria nacieron las dos corrientes. Por un lado, una mayoría argumentaba que el liderazgo debía recaer en un individuo piadoso elegido por consenso entre los compañeros del Profeta. Esta facción, que apoyó a Abu Bakr como el primer califa, dio origen a los suníes, término que deriva de la Sunna, es decir, las tradiciones y el ejemplo de la vida de Mahoma. Para ellos, la legitimidad política y espiritual reside en la comunidad y en sus líderes designados por mérito y consenso tácito.
En contraste, un grupo minoritario sostuvo que el liderazgo divino y político de los musulmanes no podía ser sometido a votación humana, sino que debía permanecer dentro de la línea de sangre directa del Profeta, recayendo específicamente en su primo y yerno, Alí ibn Abi Tálib. Los partidarios de esta postura fueron conocidos como Shiat Alí (el partido de Alí), de donde proviene la denominación de chiíes. Esta fractura inicial se selló con sangre en el año 680 d.C. durante la Batalla de Karbala, donde Hussein, hijo de Alí y nieto del Profeta, fue masacrado junto a sus seguidores por las tropas del califato omeya, de corte suní.
Este evento traumático es la piedra angular de la identidad chií, la cual evolucionó en torno a una narrativa de martirio, resistencia frente a la opresión y la espera del líder redentor o Mahdi. A lo largo de los siglos, mientras el islam suní se consolidaba a través de vastos imperios y califatos dominantes —como el abasí o el otomano— representando la ortodoxia y el poder establecido, el chiismo subsistió frecuentemente como una fe de resistencia y oposición política, forjando un profundo sentido de solidaridad entre sus adeptos frente a la marginación histórica.
De la teología a la enemistad: Por qué son grupos contrarios y enemigos los suníes y los chiíes
Podría plantearse la interrogante dialógica de por qué, si ambos grupos comparten los pilares fundamentales del islam —como la creencia en un único Dios, la reverencia al Corán, el ayuno en Ramadán y la peregrinación a La Meca—, han terminado por configurarse como enemigos irreconciliables en la esfera política. La respuesta no yace en la jurisprudencia religiosa, sino en el proceso de modernización, la creación de los Estados-nación y la geopolítica contemporánea. Cuantitativamente, cerca del ochenta y cinco al noventa por ciento de los musulmanes en el mundo son suníes, mientras que los chiíes representan entre un diez y un quince por ciento. Sin embargo, esta minoría chií se concentra estratégicamente -en su población y no tanto en los gobernantes- en una geografía rica en hidrocarburos: Irán, Irak, Bahréin, Líbano y las provincias orientales de Arabia Saudí.
Suníes y chiíes rezando juntos en una mezquita
La transformación de esta diferencia demográfica en enemistad activa tiene una fecha clave: la Revolución Islámica de Irán en 1979. Antes de este evento, la división sectaria existía, pero no dictaba la agenda militar de Oriente Medio. El triunfo del ayatolá Jomeini instauró una teocracia chií combativa que prometía exportar su modelo revolucionario a otras naciones islámicas, amenazando directamente a las monarquías suníes conservadoras del Golfo Pérsico, lideradas por Arabia Saudí. Riad, sintiéndose rodeada y amenazada en su legitimidad como guardiana de los santos lugares del islam, reaccionó financiando una versión ultraconservadora del sunismo y apoyando movimientos que contrarrestaran la influencia de Teherán.
Así, suníes y chiíes se convirtieron en las piezas de ajedrez de una Guerra Fría regional, donde las identidades religiosas fueron instrumentalizadas por las élites estatales para reclutar milicias, justificar la represión de minorías y expandir su esfera de influencia hegemónica.
El tablero de Oriente Medio: Conflictos y reclamaciones en la actualidad
Al observar el mapa de Oriente Medio en la actualidad, resulta evidente que la rivalidad entre Irán y Arabia Saudí actúa como el motor principal de la polarización sectaria, materializándose en devastadoras guerras de poder. La geopolítica de la región se ha organizado en torno a un «Eje de la Resistencia» liderado por Teherán, y un bloque suní que, aunque fragmentado, encuentra su centro de gravedad diplomático y financiero en Riad y otras capitales del Golfo. En cada país fracturado, las reclamaciones no giran en torno a dogmas de fe, sino a la representación parlamentaria, el control de las Fuerzas Armadas, el acceso a los ingresos petroleros y la soberanía territorial.
Irak representa uno de los escenarios más paradigmáticos de esta dinámica. Tras la invasión estadounidense de 2003, la minoría suní que había acaparado el poder durante la dictadura de Sadam Husein fue brutalmente marginada. El poder basculó hacia la mayoría chií, fuertemente respaldada por Irán. Esta exclusión sistémica de los suníes fomentó un profundo resentimiento que sirvió de caldo de cultivo para insurgencias radicales, culminando trágicamente en la emergencia del Estado Islámico. Hoy en día, las tensiones persisten ante el dominio de milicias chiíes integradas en el aparato estatal, mientras la población suní reclama reconstrucción, inclusión política real y el fin de la injerencia extranjera.
Otro frente sangriento se sitúa en Siria. El conflicto que comenzó como una rebelión civil rápidamente adoptó tintes sectarios. El gobierno de Bashar al-Ásad, perteneciente a la minoría alauí —una rama derivada del chiismo—, sobrevivió gracias a la intervención económica y militar directa de Irán y milicias chiíes libanesas como Hezbolá. Frente a ellos, diversos grupos rebeldes, predominantemente suníes, recibieron apoyo de países del Golfo y Turquía. La reclamación aquí es la pura supervivencia existencial del régimen frente a una mayoría demográfica suní que exige el fin del autoritarismo y la apertura democrática, un anhelo truncado por la geopolítica militarizada.
En la península arábiga, Yemen es quizás la herida más abierta y catastrófica en términos humanitarios. La rebelión de los hutíes en 2004, una insurgencia de base chií zaydí apoyada por Irán, logró tomar la capital, Saná. En respuesta, una coalición internacional liderada por Arabia Saudí intervino militarmente bajo el pretexto de restaurar al gobierno reconocido internacionalmente, de mayoría suní. Más allá de la retórica religiosa, lo que se disputa en Yemen es el control del estrecho de Bab el-Mandeb, una de las principales arterias del comercio marítimo mundial, demostrando una vez más que la geopolítica dicta el uso estratégico del sectarismo.
¿Existen territorios islámicos sin disputas sectarias relevantes?
Frente a la narrativa de un mundo islámico perpetuamente incendiado por la violencia fratricida, cabe preguntarse si existen oasis donde esta diferencia identitaria no se traduzca en conflicto. La respuesta cualitativa y empírica es afirmativa. Lejos de las fronteras de Oriente Medio, en regiones como el Sudeste Asiático, la dinámica es radicalmente distinta. Indonesia y Malasia, que albergan a la mayor población de musulmanes del planeta, son abrumadoramente suníes. La presencia chií es minúscula, y por lo tanto, la fractura suní-chií carece de relevancia geopolítica o poder de movilización en su política interna. Sus conflictos sociopolíticos, cuando ocurren, responden a fracturas étnicas, nacionalistas o de desigualdad económica, desmintiendo el determinismo que asocia indisolublemente al islam con la guerra sectaria.
Más interesante aún es el caso del Sultanato de Omán, ubicado en el propio corazón geográfico de la disputa. Omán ha logrado mantenerse como una «Suiza de Oriente Medio», un actor neutral y pacificador. Este éxito se debe en gran medida a su identidad teológica: la mayoría de los omaníes practican el ibadismo, una rama del islam que precede cronológicamente a la división entre suníes y chiíes y que no se adscribe a ninguna de las dos. Al estar fuera de este binarismo sectario, Omán ha podido mediar con éxito en negociaciones altamente sensibles entre Irán y Estados Unidos, o entre las facciones enfrentadas en el vecino Yemen, demostrando que la tolerancia y la neutralidad diplomática son posibles cuando el Estado decide no instrumentalizar la fe con fines expansionistas.
Bibliografía Académica
- Gerges, F. A. (2013). The New Middle East: Protest and Rebellion in the Arab World. Cambridge University Press.
- Halliday, F. (2005). The Middle East in International Relations: Power, Politics and Ideology. Cambridge University Press.
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- Roy, O. (1994). The Failure of Political Islam. Harvard University Press.
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