¿Cómo se produjo la transición del comunismo al capitalismo?

por | POLÍTICA INTERNACIONAL

La caída del Muro de Berlín en 1989, y del comunismo, no fue simplemente el derrumbe de un símbolo de opresión; fue el pistoletazo de salida para uno de los experimentos económicos más colosales y caóticos de la historia moderna.

Caída del Muro de Berlín, y del comunismo

Caída del Muro de Berlín, y del comunismo

La gran pregunta que flotaba sobre las ruinas del bloque soviético era: ¿cómo se «deshace» el comunismo? ¿Cómo se transfiere la propiedad de todo un continente, desde las gigantescas fábricas de acero hasta el apartamento más humilde, de las manos del Estado a las manos de los individuos? Esta transición del comunismo al capitalismo no fue un evento único, sino un mosaico de caminos divergentes. Mientras Polonia optaba por una «terapia de choque» radical, la República Checa experimentaba con una privatización masiva por vales, y Rusia, tras la desintegración de la URSS, descendía a un «capitalismo de amiguetes» que daría a luz a la era de los oligarcas.

La creación del monolito: el comunismo y la anulación de la propiedad

Para entender la magnitud del desmontaje, primero hay que apreciar la escala de la construcción. La transición hacia el comunismo después de la Segunda Guerra Mundial fue un proceso de nacionalización brutal y total. La URSS ya había consolidado su modelo décadas antes, pero sus nuevos estados satélite tuvieron que ser moldeados a su imagen. En Polonia, el proceso fue comparativamente más lento, pero implacable. Ya en 1944, un decreto de reforma agraria desmanteló las grandes fincas. El golpe de gracia industrial llegó el 3 de enero de 1946, cuando una ley nacionalizó, sin compensación a los propietarios polacos, todas las empresas con más de 50 empleados. Aunque el gobierno comunista polaco nunca logró colectivizar la agricultura tan ferozmente como Stalin —dejando un tenaz sector de pequeñas granjas privadas—, el Estado se convirtió en el propietario abrumador de toda la industria, el comercio y las finanzas.

En Checoslovaquia, el cambio fue más dramático. Tras obtener un sorprendente 38% del voto en 1946, el líder comunista Klement Gottwald maniobró hábilmente. En febrero de 1948, en un golpe de Estado político conocido como el «Febrero Victorioso» (Vítězný únor), el Partido Comunista tomó el control total. Lo que siguió fue una nacionalización inmediata y total según el modelo estalinista. Se abolió la propiedad privada de los medios de producción y la agricultura fue colectivizada a la fuerza. Para 1950, el sector privado había sido erradicado. Este era el punto de partida en 1989: economías donde el Estado no era simplemente un regulador, sino el único propietario, el único empleador y el único planificador. La tarea, por tanto, no era «reformar» el mercado, sino crear uno desde cero.

El dilema de 1989: ¿terapia de choque o gradualismo?

Ante el colapso, surgieron dos grandes filosofías. Por un lado, la «terapia de choque» (shock therapy), defendida por economistas como Jeffrey Sachs y, en la práctica, por el ministro de finanzas polaco Leszek Balcerowicz. La idea era que no se puede cruzar un abismo en dos saltos. Abogaban por una liberalización inmediata de los precios para acabar con la escasez crónica, una estabilización de la moneda para matar la hiperinflación y, crucialmente, una privatización rápida y masiva. Por otro lado, críticos como el premio Nobel Joseph Stiglitz advirtieron que esta velocidad era peligrosa. En su influyente obra El malestar en la globalización, Stiglitz argumentó que imponer un mercado capitalista sin haber construido primero las instituciones que lo sustentan —leyes de propiedad, tribunales fiables, regulaciones antimonopolio— era una receta para el desastre, creando un «capitalismo de amiguetes» en lugar de una economía de mercado funcional.

Polonia se convirtió en el laboratorio de la terapia de choque. El «Plan Balcerowicz», lanzado el 1 de enero de 1990, fue brutal. Los precios se dispararon, el desempleo (oficialmente inexistente bajo el comunismo) explotó y la producción industrial se desplomó. Sin embargo, algo funcionó. El plan tuvo un éxito abrumador en la privatización a pequeña escala. Se calcula que para 1991 se habían creado más de 500,000 nuevas empresas individuales y se habían privatizado unas 50,000 tiendas estatales. En lugar de centrarse en las gigantescas acerías, Polonia construyó un capitalismo «desde abajo», creando una nueva y vibrante clase media de pequeños empresarios. Aunque el coste social fue inmenso, el economista Anders Åslund, en How Capitalism Was Built, defiende este enfoque, argumentando que la batalla real no era contra los viejos comunistas, sino contra los «buscadores de rentas» (rent-seekers) que querían saquear el Estado. La privatización polaca fue un proceso deliberado y de dos vías, evitando el caos de los vales rusos.

Para las grandes empresas, la vía principal fue la «venta capital». El gobierno transformaba la empresa estatal en una sociedad anónima y buscaba activamente inversores estratégicos extranjeros (como Fiat o International Paper). Luego negociaba la venta directa de un paquete accionarial. ¿El objetivo? Atraer capital y tecnología occidental. ¿Fue justo? Fue controvertido; los críticos denunciaron una «subvaloración» masiva (vender barato), mientras los defensores alegaban que estas empresas, sin inversión, valían menos que cero.

La segunda vía, dominante para miles de empresas medianas, fue la «liquidación» mediante arrendamiento (leasing). Aquí es donde la antigua nomenklatura (directivos comunistas) se benefició. Estos «insiders» formaban una nueva empresa privada que arrendaba los activos de la empresa estatal liquidada. Pagaban cuotas al Estado y, tras varios años, se convertían en propietarios. Este fue el infame «uwłaszczenie nomenklatury» (apropiación de la nomenklatura): la élite que dirigía el comunismo utilizó su posición para convertirse en la dueña del capitalismo, asegurando su poder económico en el nuevo sistema.

Gorbachov en 1993

Gorbachov en 1993

La República Checa (entonces parte de Checoslovaquia) eligió un camino aparentemente más justo: la privatización por vales (Kupónová privatizace). Bajo el liderazgo de Václav Klaus, el Estado entregó a cada ciudadano un libro de «cupones» por una tarifa nominal. Estos cupones podían usarse para comprar directamente acciones de las empresas estatales que se subastaban o, más comúnmente, entregarse a fondos de inversión privados que prometían gestionar el patrimonio de la gente. En teoría, era la forma más rápida y equitativa de crear una nación de accionistas, transfiriendo la riqueza del Estado directamente al pueblo. Sin embargo, esta ingeniosa solución abrió la puerta a una forma única de corrupción. La falta de regulación y la ingenuidad de una población que nunca había visto una acción crearon un caldo de cultivo perfecto para el fraude, en un fenómeno que los checos bautizaron como «tunelování» o «tunneling».

La propiedad que el comunismo toleró: el caso de la vivienda

Hubo una notable excepción a la propiedad estatal total: la vivienda. Aunque la mayoría de los edificios de apartamentos en ciudades como Moscú o Varsovia eran propiedad del Estado o de cooperativas gestionadas por el Estado, el comunismo reconocía el derecho al «uso personal» de un apartamento. Las familias vivían en la misma unidad durante generaciones, y aunque no podían venderla o alquilarla legalmente, la posesión era estable. El alquiler que pagaban al Estado era simbólico, a menudo una fracción mínima del coste real de mantenimiento.

Con la llegada del capitalismo, ocurrió algo extraordinario. En lugar de crear un mercado de alquiler o vender las viviendas a precios de mercado, la mayoría de los gobiernos post-comunistas, incluidos Rusia, Polonia y la República Checa, optaron por la ruta políticamente más fácil: privatizaron masivamente las viviendas entregándoselas, por tarifas administrativas mínimas, a los inquilinos que las ocupaban. Esto tuvo una consecuencia social profunda y duradera. Creó, casi de la noche a la mañana, una de las tasas de propiedad de vivienda más altas del mundo. Mientras que en países «ricos» como Alemania, la propiedad de vivienda ronda el 50%, en muchas naciones de Europa del Este supera el 90%. Esta decisión creó una forma de «capitalismo de propiedad» sin los mecanismos capitalistas subyacentes (como los mercados hipotecarios) y ancló a millones de personas a sus propiedades, pero también les dio su primera participación real en el nuevo sistema.

Del comunismo a los oligarcas: corrupción y la «revolución desde arriba»

El caso de Rusia es la advertencia más sombría de la transición. El análisis de académicos sugiere que lo que ocurrió no fue una revolución popular por el capitalismo, sino una «revolución desde arriba». La élite del Partido Comunista, la nomenklatura, vio que el sistema soviético se estancaba y se dio cuenta de que el capitalismo era la única forma de convertir su poder político en riqueza personal y hereditaria.

La privatización rusa tuvo dos fases desastrosas. La primera (1992-1994) fue, como en la República Checa, una privatización por vales. El gobierno de Boris Yeltsin emitió 144 millones de vales y, según las estadísticas, para 1994 se habían privatizado unas 15,000 empresas, transfiriendo el 70% de la industria rusa a manos privadas. Cuarenta millones de rusos se convirtieron en accionistas. Pero fue una farsa. En la práctica, los directores de las fábricas («directores rojos») usaron su posición para intimidar o comprar a bajo precio los vales de sus empleados, consolidando el control. Los estudios muestran que los «insiders» (gerentes y trabajadores) terminaron con cerca del 65% de las acciones de sus empresas.

Pero la verdadera creación de los oligarcas ocurrió en la segunda fase: el infame programa de «Préstamos por Acciones» (Залоговые аукционы) de 1995-1996. El gobierno de Yeltsin estaba en bancarrota y desesperado por financiar su reelección. Anatoly Chubais, el arquitecto de la privatización, ideó un plan: un puñado de nuevos banqueros «conectados» (muchos de ellos ex miembros de la nomenklatura) prestarían dinero al gobierno. Como garantía, el gobierno «hipotecaría» las joyas de la corona de la economía rusa: las gigantescas empresas de petróleo, gas y metales como Yukos, Sibneft y Norilsk Nickel.

El truco fue que el gobierno nunca tuvo la intención de devolver los préstamos. Cuando el Estado «incumplió» el pago, los bancos ejecutaron la garantía. Y aquí vino la corrupción documentada: los propios bancos que habían dado los préstamos fueron los encargados de organizar las subastas de los activos. Como era de esperar, las subastas estaban amañadas. Un banquero llamado Mikhail Khodorkovsky, a través de su banco Menatep, gestionó la subasta de la petrolera Yukos, valorada en miles de millones, y la compró para sí mismo por solo 309 millones de dólares. De forma similar, Boris Berezovsky y Roman Abramovich se hicieron con la petrolera Sibneft por una fracción de su valor real. Estas personas no eran genios empresariales; eran miembros de la élite que se aprovecharon de un Estado débil para privatizar las rentas de los recursos naturales del país en su propio beneficio. La crítica de Stiglitz se había hecho realidad: el resultado fue el saqueo de activos, con una fuga de capitales estimada en el 5% del PIB anual durante este período.

La República Checa, aunque más exitosa, no fue inmune. El «tunelování» se convirtió en un arte. El caso más famoso fue el de Viktor Kožený, el «Pirata de Praga». Kožený creó un fondo de inversión llamado «Fondos de Harvard» (que no tenía nada que ver con la universidad) y, con una campaña de marketing agresiva, convenció a más de un millón de checos de que le dieran sus vales de privatización, prometiendo un «retorno seguro» de diez veces su valor. Acumuló vales, obtuvo el control de numerosas empresas y procedió a «tunelarlas»: desvió sistemáticamente sus activos a una red de empresas fantasma en paraísos fiscales como las Bahamas. Saqueó cientos de millones de dólares, dejando a sus inversores sin nada, y huyó del país, convirtiéndose en un fugitivo internacional.

El legado de la transición

La transición del comunismo al capitalismo fue, en esencia, la mayor transferencia de riqueza de la historia. El «cómo» de esa transferencia definió el futuro de estas naciones. Polonia, a través de su dolorosa pero legalista «terapia de choque» y su enfoque en la pequeña empresa, logró construir una economía de mercado funcional y una sociedad civil robusta, permitiendo su exitosa integración en la Unión Europea. La República Checa también lo logró, pero las cicatrices del «tunelování» y la sensación de injusticia en la privatización por vales perduraron durante décadas.

Rusia, sin embargo, eligió un camino que consagró el robo como acto fundacional de su nuevo capitalismo. La élite soviética simplemente se rebautizó como la élite capitalista, y el poder político se fusionó con la riqueza económica. El ascenso de Vladimir Putin no fue una reversión de este proceso, sino su consolidación: el Estado, ahora aliado con una nueva clase de oligarcas leales (después de purgar a los «originales» como Khodorkovsky), reafirmó su control. La situación actual, donde un pequeño círculo controla vastos sectores de la economía, no es una desviación del capitalismo ruso; es su consecuencia directa, nacida en las corruptas subastas de «préstamos por acciones» de los años noventa.

 

Bibliografía Académica

  • Åslund, Anders. How Capitalism Was Built: The Transformation of Central and Eastern Europe, Russia, and Central Asia. Cambridge University Press, 2007.
  • Kotz, David M., y Fred Weir. Russia’s Path from Gorbachev to Putin: The Demise of the Soviet System and the New Russia. Routledge, 2007.
  • Magyar, Bálint. The Anatomy of Post-Communist Regimes: A Conceptual Framework. CEU Press, 2021.
  • Stiglitz, Joseph E. Globalization and Its Discontents (El malestar en la globalización). W. W. Norton & Company, 2002.
  • Bonnell, Victoria E. (ed.). Identities in Transition: Eastern Europe and Russia after the Collapse of Communism. University of California Press, 1996.