¿Cuánta contaminación generan los conflictos armados?
La contaminación ambiental provocada por la maquinaria bélica es un pilar fundamental, aunque sistemáticamente ignorado, de la crisis climática global. El calentamiento global no es ajeno a unos conflictos armados cada vez más intensivos.
Aviones de batalla y contaminación atmosférica
Cuando se analiza el impacto de la guerra, la atención internacional recae, con justificada prioridad, en la catástrofe humanitaria, la vulneración de derechos, la pérdida de vidas y el inminente colapso económico. Sin embargo, existe una víctima colateral, silenciosa y omnipresente que trasciende las fronteras políticas y las generaciones humanas: el medio ambiente. La huella de carbono de los ejércitos y las masivas emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) derivadas de los conflictos armados representan una proporción gigantesca del deterioro ecológico terrestre, alterando irremediablemente la biosfera.
La paradoja de la Contaminación institucionalizada a nivel global
Para comprender de manera objetiva la escala de este problema, resulta imperativo alejar momentáneamente el foco del campo de batalla y observar el complejo militar-industrial en su conjunto. Las estimaciones científicas más rigurosas y recientes, como las aportadas por entidades académicas independientes y organizaciones como el Conflict and Environment Observatory (CEOBS) y Scientists for Global Responsibility (SGR), revelan que las fuerzas armadas a nivel global son responsables de aproximadamente el 5,5 % de las emisiones totales de gases de efecto invernadero en el mundo. Si este vasto entramado militar global fuera una nación independiente, ocuparía el cuarto lugar en el ranking mundial de emisores, situándose únicamente por detrás de hiperpotencias industriales como China, Estados Unidos e India, y superando con creces a naciones enteras de la magnitud de Rusia o Japón.
Esta cifra adquiere una dimensión aún más crítica y reveladora cuando se contrasta con aquellos sectores civiles que habitualmente acaparan el escrutinio de la opinión pública. La aviación civil global, que moviliza a miles de millones de pasajeros anualmente a través de complejas redes internacionales, es responsable de aproximadamente el 2,1 % de las emisiones globales. En términos llanos: la maquinaria de guerra en tiempos de paz y de conflicto contamina más del doble que todos los vuelos comerciales del planeta juntos. Esta disonancia revela una asimetría profunda en las políticas climáticas de la comunidad internacional. Mientras se legisla severamente sobre los ciudadanos para reducir su huella de carbono mediante la transición forzosa a vehículos eléctricos, el reciclaje o la limitación de viajes, el sector militar opera históricamente bajo un manto de opacidad estructural. Desde los protocolos de Kioto hasta el Acuerdo de París, las presiones geopolíticas de las superpotencias han permitido que la notificación de las emisiones militares sea de carácter voluntario y, en la práctica, altamente deficiente o directamente encubierta, creando una inmensa y deliberada brecha en la contabilidad climática global.
Patrones multitemporales y factores de la Contaminación bélica
La contaminación derivada de un conflicto no se limita al humo visible de las explosiones o a los incendios en el campo de batalla; es un fenómeno profundamente multitemporal que los académicos dividen en tres fases críticas. La primera es la fase preparatoria y logística, una constante temporal que nunca se detiene. Instituciones como el Departamento de Defensa de los Estados Unidos operan cientos de bases militares a nivel global, formando una red logística sin parangón en la historia humana. Mantener estas infraestructuras operativas, junto con la constante manufactura de armamento en la industria privada, la minería extractiva de metales raros para tecnología bélica y el entrenamiento diario de tropas, genera un flujo masivo de dióxido de carbono. A modo de ilustración, los datos indican que solo en el año 2017, el ejército estadounidense adquirió cerca de 269.000 barriles de petróleo diarios para mantener su maquinaria en funcionamiento.
La segunda fase se materializa durante el combate activo, donde la intensidad energética alcanza niveles superlativos. Los modernos cazas de superioridad aérea representan uno de los vectores más intensivos en carbono. Un avión como el F-35 consume alrededor de 5.600 litros de combustible especializado de aviación por cada hora de vuelo. Las estimaciones científicas determinan que una sola misión estándar de este tipo puede emitir hasta 28 toneladas de CO2 equivalente, lo que iguala de un plumazo la huella de carbono que un ciudadano promedio de un país occidental generaría a lo largo de más de dos años ininterrumpidos de su vida. A las emisiones aéreas se suma la contaminación tóxica directa en tierra: el uso de artillería pesada, municiones con uranio empobrecido, fósforo blanco y explosivos químicos que degradan radicalmente el suelo y percolan hacia los acuíferos subterráneos, transformando terrenos fértiles en páramos yermos, tóxicos para el consumo humano y para el desarrollo de la agricultura a largo plazo.
La tercera fase, frecuentemente la más subestimada en los análisis ambientales, es la reconstrucción posbélica. Cuando las metrópolis son reducidas sistemáticamente a escombros, el coste en carbono derivado de limpiar los restos y tener que volver a fabricar millones de toneladas de cemento, asfalto y acero —dos de las industrias civiles más intensivas en emisiones del mundo— es verdaderamente colosal. La guerra presenta una ironía macabra: no solo quema combustibles fósiles para destruir la infraestructura vital, sino que obliga inevitablemente a quemar una cantidad exponencialmente mayor para reparar lo que fue aniquilado.
Estimaciones de Contaminación en la guerra de EEUU e Israel contra Irán
Al proyectar esta estricta metodología analítica sobre el escenario bélico reciente de 2026, caracterizado por las operaciones conjuntas de Estados Unidos e Israel frente a Irán, los datos preliminares y los patrones observados dibujan un desastre ecológico de proporciones históricas. Este conflicto, referenciado en ciertos informes de monitoreo como Operation Epic Fury, se caracteriza por una dependencia extrema de la supremacía aérea, la movilización naval masiva y la focalización deliberada en infraestructuras estratégicas y energéticas.
Soldado con ametralladora
Las incesantes misiones de bombardeo a larga distancia, que requieren extensos reabastecimientos en vuelo, junto con el despliegue de grupos de ataque de portaaviones en aguas del Golfo Pérsico, suponen una quema masiva e ininterrumpida de combustibles navales y de aviación. Además, la propia naturaleza de los objetivos seleccionados añade una gruesa capa de letalidad ambiental. Los ataques sistemáticos dirigidos contra instalaciones petrolíferas iraníes, refinerías de crudo y redes de distribución energética en la región han provocado inmensos incendios de hidrocarburos. Estas nubes tóxicas y columnas de fuego no solo liberan de golpe millones de toneladas de dióxido de carbono y metano directamente a la atmósfera, sino que depositan toneladas de hollín, dióxido de azufre y compuestos orgánicos volátiles sobre ecosistemas desérticos y marinos altamente frágiles, alterando los microclimas regionales de forma severa. La contaminación generada en este escenario específico no es un simple subproducto colateral del avance de las tropas; es el resultado explícito y directo de la pulverización militar de la infraestructura fósil de una de las regiones con mayores reservas de hidrocarburos de todo el planeta.
La Contaminación urbana y el colapso infraestructural en Gaza
Para contextualizar el impacto de la destrucción total, resulta imperativo analizar conflictos recientes que ya cuentan con un volumen de datos consolidado por la comunidad científica internacional. La guerra en Gaza (iniciada a finales de 2023) representa un caso de estudio paradigmático, y desgarrador, sobre la densidad extrema de la contaminación ligada a la destrucción urbana sistemática. Una investigación exhaustiva liderada por la Universidad Queen Mary de Londres, en colaboración con la Universidad de Lancaster, estimó que contemplando de manera conjunta los combates directos, la vasta construcción de infraestructuras bélicas (como la profunda red de túneles de Hamás y el muro de asedio fortificado de Israel) y la futura e ineludible reconstrucción del enclave palestino, el conflicto arrojará un balance estimado superior a los 33 millones de toneladas de CO2 equivalente.
Para materializar mentalmente esta abstracción matemática, 33 millones de toneladas de CO2 es un volumen que supera las emisiones anuales totales de más de 100 países individuales. Equivale a toda la contaminación anual que genera una nación entera como Jordania, o al humo arrojado por 7,6 millones de automóviles de gasolina conducidos sin descanso durante un año entero. Si observamos específicamente el volumen aplastante de escombros y la acuciante necesidad de reconstrucción, el impacto climático de reedificar la Franja de Gaza superará por sí solo las emisiones anuales de naciones fuertemente industrializadas como Suecia o Portugal. A este desastre gaseoso, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) añade la contaminación física: una inmensa amalgama de escombros, amianto cancerígeno, metales pesados y munición sin detonar que han saturado tanto el suelo urbano como los acuíferos costeros, creando una profunda crisis de salud pública y una degradación del medio marino sin precedentes en la cuenca del Mediterráneo oriental.
Ucrania y la Contaminación originada por la pérdida de sumideros naturales
De forma paralela y complementaria, la invasión rusa de Ucrania, en curso desde 2022, nos ofrece una perspectiva radicalmente distinta pero igualmente letal: el ecocidio de vastas extensiones naturales y la aniquilación de los sumideros de carbono del continente europeo. Mientras el caso de Gaza ilustra a la perfección la monstruosa huella de carbono derivada de la demolición urbana, Ucrania evidencia el devastador impacto ambiental de la guerra de trincheras a gran escala y de la artillería pesada sobre la biodiversidad. El Banco Mundial estimó en informes relativamente tempranos del conflicto que los daños infligidos exclusivamente a los bosques, estepas, marismas y áreas naturales protegidas ucranianas ya superaban la abrumadora cifra de 30.000 millones de dólares.
Los intensos incendios forestales provocados por las lluvias de misiles y las andanadas de artillería no solo liberan a la atmósfera, en cuestión de horas, todo el carbono que esos troncos y suelos habían almacenado laboriosamente durante décadas, sino que anulan por completo la capacidad futura de esas masas forestales para absorber el CO2 atmosférico. La contaminación de los suelos de Ucrania, tierras negras históricamente consideradas el granero de Europa por su extraordinaria fertilidad agrícola, está ahora severamente comprometida por la saturación de metales pesados como el plomo, residuos de mercurio y subproductos tóxicos del TNT. La dramática alteración de estos paisajes, sumada al colapso deliberado de inmensas infraestructuras civiles, como la destrucción de la presa de Kajovka —que inundó, envenenó y destruyó ecosistemas fluviales enteros— demuestra de forma empírica cómo las operaciones militares redibujan de forma traumática no solo las fronteras políticas, sino la mismísima geografía física, biológica y química de un continente.
Comparativas de Contaminación: Vehículos, aviación y movilidad ciudadana
La habitual incomprensión de las cifras a nivel macroeconómico y macroecológico exige establecer extrapolaciones directas con nuestra realidad cotidiana para dimensionar el problema real. Como se ha mencionado previamente, la totalidad de la red de aviación civil global —que incluye absolutamente todos los vuelos turísticos, corporativos, de mensajería y de carga que cruzan los cielos del mundo cada día— emite aproximadamente 900 millones de toneladas de CO2 anuales (cerca del 2,1 % de las emisiones globales). Sin embargo, esta inmensa red civil contamina menos de la mitad que las fuerzas armadas en su conjunto, cuya huella de carbono global se estima en unos 2.750 millones de toneladas de CO2 equivalente al año (el 5,5 % del total mundial).
Podemos aterrizar este concepto analizando el tráfico rodado de un país europeo representativo. En España, por ejemplo, el parque automovilístico total consta de aproximadamente 25 millones de vehículos en circulación, responsables de emitir en torno a 45 millones de toneladas de CO2 al año. Los constantes desplazamientos diarios de millones de ciudadanos para acudir a sus puestos de trabajo, distribuir alimentos, transportar mercancías o viajar durante las vacaciones, generan una altísima preocupación política y motivan la creación urgente de zonas de bajas emisiones en metrópolis como Madrid o Barcelona. Sin embargo, cuando se examinan las matemáticas, el coste en carbono de las operaciones rutinarias de una sola institución como el Departamento de Defensa de los Estados Unidos en un solo ejercicio fiscal —que emite 51 millones de toneladas anuales solo en operaciones directas, y más de 250 millones de toneladas si se contabiliza su cadena de suministro industrial— eclipsa de manera absoluta el impacto medioambiental de toda esa gigantesca flota civil española junta.
Limitar el uso del vehículo privado en los centros urbanos y exigir austeridad energética a la población civil son medidas climáticas válidas y necesarias, pero resultan ecológicamente irrisorias y moralmente incongruentes si, simultáneamente y bajo el amparo del secreto de Estado, analizamos el consumo táctico. En los desiertos de Oriente Medio o en las llanuras de Europa del Este, un solo escuadrón de 12 aviones de combate supersónicos (como el F-35, que quema unos 5.600 litros de combustible por hora) emite en una sola misión de cuatro horas cerca de 670 toneladas de CO2. Este escuadrón calcina en una sola tarde el equivalente exacto a las emisiones que más de 450 ciudadanos de a pie lograrían ahorrar durante todo un año de uso sacrificado y exclusivo del transporte público.
Bibliografía Académica
- Conflict and Environment Observatory (CEOBS) & Scientists for Global Responsibility (SGR). (2022). Estimating the Military’s Global Greenhouse Gas Emissions.
- Neimark, B., et al. / Lancaster University & Queen Mary University of London. (2024/2026). War on the Climate: A Multitemporal Study of Greenhouse Gas Emissions of the Israel-Gaza Conflict.
- Belcher, O., Bigger, P., Neimark, B., & Kennelly, C. (2019). Hidden carbon costs of the “everywhere war”: Logistics, geopolitical ecology, and the carbon boot‐print of the US military. Transactions of the Institute of British Geographers.
- Banco Mundial, Gobierno de Ucrania & Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA). (2023-2024). Rapid Damage and Needs Assessment (RDNA)
- Givens, J. E., et al. / PLOS Climate. (2025). Military expenditures, energy consumption, and greenhouse gas emissions.
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