¿Sabes lo que son las malas prácticas políticas?
¿Alguna vez has sentido que tu voto es solo un papel en una urna de cristal blindado, pero que el resultado ya estaba escrito antes de que llegaras al colegio electoral? Las malas prácticas políticas no son un error del sistema, son una característica diseñada meticulosamente.
Gerrymandering como una de las malas prácticas políticas
Para entender la gravedad de este fenómeno, debemos ir más allá del simple «pucherazo» o el robo de urnas tradicional. En la era de la información, el fraude es sofisticado, silencioso y, a menudo, legal. Aquí es donde entran en juego las denominadas malas prácticas políticas (political malpractices), un término que la ciencia política utiliza para describir un espectro de manipulaciones que vulneran la integridad electoral. No estamos hablando solo de contar mal los votos, sino de inclinar el campo de juego mucho antes de que el árbitro pite el inicio del partido.
El origen académico de las malas prácticas políticas
El término y su análisis sistemático provienen en gran medida de los estudios sobre Integridad Electoral. La figura central en este campo es la politóloga Pippa Norris, de la Universidad de Harvard, quien junto con el Electoral Integrity Project (EIP), ha establecido los estándares internacionales para medir cuándo unas elecciones dejan de ser democráticas.
El EIP y organismos como la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), a través de su Oficina de Instituciones Democráticas y Derechos Humanos (OIDHR), no se limitan a observar el día de la votación. Analizan el «ciclo electoral» completo. Para que existan malas prácticas políticas, no hace falta quemar urnas; basta con que el marco legal sea excluyente, que el registro de votantes sea defectuoso o que la financiación de campaña sea opaca.
Estos organismos utilizan criterios cualitativos y cuantitativos para determinar si se ha producido una tergiversación de la voluntad popular. Evalúan desde la cobertura mediática —si es equitativa o sesgada— hasta la delimitación de los distritos. El concepto clave aquí es la «falacia del electoralismo»: la creencia errónea de que el simple hecho de celebrar elecciones convierte a un régimen en una democracia, ignorando que las political malpractices pueden convertir el proceso en una herramienta de legitimación autoritaria.
La ingeniería de la manipulación: Gerrymandering y otras herramientas
Existen herramientas increíblemente precisas para inocular esta manipulación. Quizás la más famosa, y a la vez la más perversa por su apariencia técnica, es el Gerrymandering. Su nombre proviene de Elbridge Gerry, un gobernador de Massachusetts que en 1812 aprobó un distrito con una forma tan retorcida que se asemejaba a una salamandra (salamander en inglés). La prensa de la época fusionó el apellido Gerry con el animal, creando el término.
Pero, ¿cómo funciona realmente esta manipulación de las elecciones? Se basa en dos tácticas fundamentales: packing (concentración) y cracking (dispersión). Supongamos que el partido A quiere anular a los votantes del partido B. Con el packing, redibuja las fronteras de los distritos para amontonar a todos los votantes del partido B en un solo distrito. El partido B ganará ese distrito con el 90% de los votos, sí, pero habrá «desperdiciado» miles de votos que no le sirven para ganar en ningún otro lugar. Con el cracking, el partido A divide una comunidad de votantes del partido B en varios distritos, diluyéndolos para que nunca alcancen la mayoría en ninguno. Es una victoria de la geografía sobre la demografía.
Sin embargo, el arsenal de las political malpractices es mucho más amplio. Encontramos el Malapportionment (mala distribución), que viola el principio de «una persona, un voto». Esto ocurre cuando un distrito con 10.000 habitantes elige a un representante, y otro con 100.000 habitantes también elige solo a uno. Matemáticamente, el voto del primer ciudadano vale diez veces más que el del segundo. Es una distorsión cuantitativa que altera la representación parlamentaria sin necesidad de tocar una sola papeleta.
A esto debemos sumar el Clientelismo, una práctica psicológica y económica donde el voto se convierte en una moneda de cambio. No se trata de convencer al elector con ideas, sino de comprar su voluntad con bienes, servicios o amenazas de retirar subsidios estatales. Aquí, la relación no es entre ciudadano y representante, sino entre patrón y cliente. Y no podemos olvidar el uso de recursos del Estado para campañas partidistas, donde el partido gobernante utiliza el presupuesto público, los vehículos oficiales y los medios de comunicación estatales para hacer campaña, creando una asimetría insalvable para la oposición.
Geografía del fraude: 5 países donde reinan las malas prácticas políticas
Si viajamos por el mapa global, encontramos laboratorios vivos donde estas técnicas se perfeccionan. No todos son dictaduras declaradas; algunos son democracias iliberales o regímenes híbridos que mantienen la fachada de las elecciones mientras vacían su contenido.
Arnold Schwarzenegger reclamando distritos justos en Washington, Marzo de 2019
– Estados Unidos: La sofisticación del Gerrymandering: Puede resultar chocante para algunos, pero la «cuna de la democracia moderna» es también el paraíso del Gerrymandering partidista. A diferencia de la mayoría de las democracias europeas, donde organismos independientes dibujan los distritos, en gran parte de EE. UU. son los propios políticos quienes eligen a sus votantes. Estados como Carolina del Norte o Wisconsin han sido escenarios de batallas legales feroces.
En Wisconsin, por ejemplo, en ciertas elecciones legislativas, los republicanos lograron obtener casi dos tercios de los escaños con menos de la mitad del voto popular, gracias a un diseño de mapas quirúrgico asistido por software de Big Data. Aquí, la mala práctica es legal, institucionalizada y matemáticamente perfecta.
– Hungría: El laboratorio del iliberalismo europeo: Bajo el mandato de Viktor Orbán, Hungría ha demostrado cómo transformar una democracia en un régimen híbrido sin necesidad de un golpe militar. Las malas prácticas políticas aquí son estructurales. Tras llegar al poder, Fidesz (el partido de Orbán) reescribió la constitución y la ley electoral. Redujeron el tamaño del parlamento y redibujaron los distritos uninominales para favorecer a su base rural frente a la oposición urbana de Budapest (un Gerrymandering agresivo). Además, el control sobre los medios de comunicación es casi total. Durante las campañas, la oposición apenas recibe minutos en la televisión pública, mientras que el gobierno inunda el país con propaganda disfrazada de «información pública». Es un ejemplo de libro de cómo inclinar el terreno de juego.
– Venezuela: La inhabilitación como arma: En Venezuela, el chavismo ha evolucionado las political malpractices hacia la eliminación directa del competidor. Si bien existen dudas razonables sobre el conteo automatizado (como se evidenció en las denuncias de Smartmatic en 2017), la práctica más efectiva es la «inhabilitación administrativa». A través de la Contraloría General, el régimen inhabilita a líderes opositores con mayor intención de voto (como María Corina Machado o Henrique Capriles) bajo pretextos burocráticos, impidiéndoles presentarse. A esto se suma la «migración electoral» (cambiar a votantes de centro de votación a última hora) y el uso del «Carnet de la Patria» como herramienta de coacción social, vinculando la ayuda humanitaria a la lealtad política.
– Rusia: La «Democracia Gestionada» y el relleno de urnas: Rusia ofrece un catálogo completo de irregularidades. Los analistas estadísticos, como el físico Sergei Shpilkin, han utilizado datos cuantitativos para demostrar fraudes masivos. En unas elecciones limpias, la distribución de votos por mesa suele seguir una curva de Gauss (campana normal). En Rusia, los datos muestran «colas» estadísticas imposibles que sugieren el relleno masivo de urnas en mesas específicas para inflar la participación y el porcentaje del partido Rusia Unida. Además, se practica la eliminación de candidatos opositores mediante la justicia penal (caso Navalny) y el control absoluto del espacio informativo, impidiendo cualquier narrativa alternativa.
– Turquía: El ventajismo mediático y recursos estatales: Turquía, bajo Erdogan, ejemplifica el uso desmedido de los recursos del Estado. Durante las campañas, la televisión estatal TRT dedica cientos de horas a la cobertura del presidente y apenas unos minutos a sus rivales. Las malas prácticas políticas aquí se centran en la asfixia informativa y judicial. Se utiliza la ley antiterrorista para encarcelar a líderes de partidos pro-kurdos (como el HDP), eliminando a actores clave del tablero. Aunque el día de la votación puede ser relativamente ordenado, el proceso previo es tan desigual que el resultado está predeterminado por la falta de competencia justa.
El impacto psicológico en el votante
Es fundamental detenernos a reflexionar sobre el efecto corrosivo de estas dinámicas. Cuando analizamos las malas prácticas políticas, solemos centrarnos en el robo del escaño, pero el robo más grave es el de la esperanza. El ciudadano, al percibir que el sistema está amañado mediante political malpractices, internaliza que su acción (votar) no tiene impacto en el resultado.
Esto no es accidental; es un objetivo estratégico. La apatía del votante moderado o de oposición favorece a los regímenes que dependen de bases electorales movilizadas clientelarmente. Al hacer el sistema complejo, sucio y aparentemente inamovible, se desincentiva la participación de quienes podrían cambiar el status quo. Las elecciones dejan de ser una fiesta cívica para convertirse en un ritual cínico.
Además, estas prácticas polarizan a la sociedad. Al utilizar el Gerrymandering, los políticos ya no necesitan apelar al centro moderado; solo necesitan mantener contentos a los extremos de su propio partido para ganar las primarias, ya que la elección general está ganada por el diseño del mapa. Esto elimina el incentivo para el consenso y fomenta un discurso político cada vez más radical y divisivo.
Más allá de las malas prácticas políticas: Un desafío global
Estamos ante una crisis de legitimidad que trasciende fronteras ideológicas. Las malas prácticas políticas no son exclusivas de la izquierda o la derecha; son herramientas del poder que busca perpetuarse sin rendir cuentas. La sofisticación tecnológica actual permite micro-segmentar al electorado y manipular su percepción con una precisión que Elbridge Gerry jamás hubiera soñado.
La comunidad internacional, y específicamente los ciudadanos, deben exigir no solo que se cuenten los votos, sino que el proceso sea íntegro desde el primer día. La observación electoral no puede ser un turismo político de fin de semana; debe ser una auditoría forense y continua de las instituciones.
Bibliografía Académica
- Norris, P. (2014). Why Electoral Integrity Matters. Cambridge University Press. (Obra fundamental que define el concepto de integridad electoral y las malas prácticas a nivel global).
- Levitsky, S., & Way, L. A. (2010). Competitive Authoritarianism: Hybrid Regimes after the Cold War. Cambridge University Press. (Texto clave para entender cómo los regímenes usan elecciones manipuladas para legitimarse, aplicable a los casos de Hungría, Rusia y Venezuela).
- Krastev, I., & Holmes, S. (2019). The Light that Failed: A Reckoning. Allen Lane. (Análisis sobre el iliberalismo en Europa del Este, relevante para el caso húngaro).
- McGann, A. J., et al. (2016). Gerrymandering in America: The House of Representatives, the Supreme Court, and the Future of Popular Sovereignty. Cambridge University Press. (Análisis cuantitativo y legal sobre el Gerrymandering en EE. UU.).
- Electoral Integrity Project (EIP). Perceptions of Electoral Integrity Index. (Informes anuales que proporcionan datos cuantitativos sobre la calidad de las elecciones en el mundo).
- Schedler, A. (2006). Electoral Authoritarianism: The Dynamics of Unfree Competition. Lynne Rienner Publishers. (Estudio sobre el menú de manipulación política en regímenes no democráticos).
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